
Redacción
BBC Mundo

La masividad de los festejos por el Bicentenario de la Nación Argentina desbarató la Operación Amnistía, impulsada desde un cuidadoso segundo plano por el Episcopado Católico. La solicitud del perdón fue transmitida al gobierno nacional por un obispo de esa iglesia y lleva las firmas de los ex dictadores Jorge Rafael Videla y Benito Bignone, el general Santiago Omar Riveros y el vicealmirante Hugo Siffredi, el comisario Miguel Etchecolatz y el sacerdote Christian von Wernich, el Turco Julián y El Nabo Barreiro, el ex jefe del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército Carlos Tepedino y su especialista civil en organizaciones religiosas Julio Cirino, los miembros del grupo de tareas de la ESMA Raúl Scheller y Pablo García Velazco, los procesados por la masacre de Margarita Belén y un centenar de ex militares, marinos, policías, penitenciarios y agentes civiles de Inteligencia detenidos por su participación en crímenes de lesa humanidad. Como la jerarquía eclesiástica obvió el protocolo para entregar la solicitud al Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, en forma extraoficial, sin una nota introductoria, el gobierno no le dará respuesta. Sólo contestará si el Episcopado se hace responsable de la solapada gestión que emprendió.
Desde hace tres décadas el Episcopado Católico repite que según el catecismo de esa entidad el sacramento de la reconciliación o la penitencia requiere algunas condiciones ineludibles: el reconocimiento de los yerros, su detestación y la búsqueda de posibles caminos de reparación. Pero la carta de Videla & Compañía no cumple con ninguna de esas condiciones. Los represores rechazan la justicia y no tienen la humildad de pedir perdón, por crímenes que no reconocen ni de los cuales se arrepienten. Sólo ofrecen olvidar el mal que les habrían hecho a ellos y no vengarse. Pese a que no se ajusta a sus propios cánones, la jerarquía católica se prestó a canalizar el planteo.
Un grupo de laicos denominado “Proyecto setenta veces siete”, del que forma parte José María Sacheri, quiso participar del acto realizado en Luján hace tres semanas por el presidente del Episcopado, Jorge Bergoglio, pero no se llegó a un acuerdo. Setenta veces siete es la expresión del Evangelio para el perdón (Pedro pregunta si tiene que perdonar hasta siete veces las ofensas de su hermano. “Hasta setenta veces siete”, le responde Jesús. El pasaje se refiere a ofensas personales y el diálogo habría tenido lugar muchos siglos antes de que nacieran los estados nacionales y su justicia y se tipificaran los crímenes al por mayor contra la humanidad). Sacheri es hijo del ex conductor de la organización integrista Ciudad Católica, Carlos Sacheri, asesinado en diciembre de 1974 por un grupo que según el Ejército pertenecía al ERP22 mientras sus amigos sospechaban de la Triple A de José López Rega. “Setenta veces siete” se puso en contacto con el obispo emérito Carmelo Giaquinta, quien ese mismo día acompañó al grupo en una presentación en la Feria del Libro, durante la cual leyó un documento propio. Giaquinta es un teólogo que estuvo próximo al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y cuya casa fue ametrallada en 1976, según él porque alojó allí al sacerdote y militante montonero Justino O’Farrell. Ya como obispo fue uno de los pocos que hicieron una reflexión autocrítica, por haber festejado el campeonato mundial de fútbol de 1978 en las calles, “gritando como un estúpido el que no salta es un holandés”, en una Argentina “que tenía la obligación de estar de luto”.
En la feria del libro, equiparó la justicia con venganza y odio y le opuso “el misterio del perdón”. Giaquinta no explicó la diferencia entre los crímenes de lesa humanidad por cuyos autores aboga y los pecados que enseñaba a perdonar Jesús, cuando aún no existía un tercero neutral como el Estado que al impartir justicia evitara una escalada de represalias. Su rudimentario fundamento evangélico es que Dios “hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos”. Su larga introducción teórica desemboca en un escueto final sobre “la reconciliación de los argentinos” que, según cree este obispo, están “prisioneros en el pasado” y sólo el perdón les permitiría desatarse esas presuntas ataduras para volver “a caminar como Nación”. Giaquinta advierte que no debe confundirse reconciliación con impunidad, pero no explica en qué consistiría en el concreto caso argentino. Cristo es “el reconciliador universal” y en consecuencia lo son la Iglesia, sus ministros y los fieles que disponen para ello de la oración, el Evangelio y los sacramentos, y “las iniciativas públicas y privadas de los cristianos”. Los únicos ejemplos que atina a proponer son la mediación de Juan Pablo II en la cuestión del Beagle y la denominada Mesa de Diálogo, con la que el senador Eduardo Duhalde legitimó su breve interinato a cargo del Poder Ejecutivo. Como es ostensible, ninguna de esas circunstancias son comparables con el perdón que el derecho internacional niega a los autores de crímenes contra la humanidad. Pero de inmediato Giaquinta añade que la Iglesia no puede presentarse “como un ente jurídico mediador ordinario de los conflictos sociales, pues ello desnaturalizaría su finalidad y dañaría a las instituciones mediadoras previstas en la Constitución”. Es decir, los tres poderes del Estado, que se pronunciaron por la imposibilidad de amnistiar esos delitos o cesar su persecución por el paso del tiempo. Giaquinta fue acompañado en la mesa por Arturo Cirilo Larrabure, hijo del coronel Argentino Larrabure, quien murió en cautiverio el 23 de agosto de 1975. Las Fuerzas Armadas, parte de la justicia federal y grandes medios de comunicación impusieron la idea de que el oficial había sido torturado y luego asesinado por el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), que lo había secuestrado un año antes al copar la Fábrica Militar de Villa María. Una investigación realizada por el periodista Carlos Del Frade señala que según el expediente original de la causa, que incluye la autopsia realizada en el momento del hallazgo del cuerpo, no hubo tortura ni asesinato y avala el relato del empresario René Vicari, secuestrado durante los últimos días de vida de Larrabure en una celda contigua. Otro panelista fue el ex montonero Luis Labraña.
La declaración impulsada por la Corporación de Abogados Católicos pidiendo que se clausure “la venganza, la persecución implacable”, el acto de Bergoglio con los laicos en Luján, la convocatoria para el 25 de mayo a una movilización en la Plaza de Mayo inspirada en la de Corpus Christi de 1955 y la cita de las cámaras patronales agropecuarias a manifestarse ese mismo día en las rutas, formaban parte de esta Operación Amnistía. El modelo de carta que se envió al gobierno por intermedio de la jerarquía fue sugerido por un sacerdote colombiano que asiste en las cárceles de ese país a parapoliciales detenidos. Pero la difusión temprana de lo que se estaba preparando y, sobre todo, la escasa asistencia a Luján para un acto que no se justificaba, a pocos días del Te Deum del 25 de mayo en la misma Basílica, el fiasco del llamamiento ruralista, que no reunió más de treinta personas en los principales puntos de reunión, y la ausencia de público para escuchar la prédica de Bergoglio, condenaron la jugada a la insignificancia. Hasta Clarín on line dijo que en la Plaza de Mayo apenas había “centenares de personas”.
La eficacia de los actos políticos de Bergoglio depende de que no sean vistos como tales. Su esquema habitual es una lectura del Evangelio, en la cual injerta conceptos políticos sin relación o con algún vago contacto con el tema, cuyo sentido se vuelve explícito en las interpretaciones de sus voceros oficiosos, en los principales diarios de la Capital. Así ocurrió cada vez que Bergoglio descargó su mal disimulado encono contra el gobierno que asumió en 2003. Esa es una de las razones por las cuales tanto el ex presidente Néstor Kirchner como la actual CFK han preferido no ponerse al alcance de su dedo recriminador. La opción no fue suprimir la anacrónica institución medieval del Te Deum, como sería razonable en una república secular, sino desplazarlo a otros lugares del país, en busca de obispos sin la motivación ideológica y política de Bergoglio, quien como parte de las luchas internas del peronismo tuvo fuerte influencia durante el gobierno de Isabel Martínez de Perón, fue militante de Guardia de Hierro y ofreció la Universidad del Salvador para honrar al dictador Emilio Massera. Cuando el gobierno decidió solicitar el Te Deum del 25 en Luján, Bergoglio decidió realizar otro en la Catedral. Pero convertirlo en un acto político de la oposición requería del sigilo que se perdió cuando esos preparativos se hicieron públicos. Inquieto al quedar tan expuesto, en una institución cuya forma de hacer política es decir que está por encima de la política, tuvo que cambiar de planes y poner distancia, al punto de escabullirse hacia la sacristía para que ni lo saludaran los jefes políticos presentes, como los hermanos enemigos Maurizio Macrì y Francisco De Narváez. También decidió no leer un texto propio acerca del Bicentenario, sino el que la Comisión Permanente del Episcopado aprobó en marzo, más una zalamería hacia las autoridades que en el mismo momento estaban en la Basílica de Luján. Ese texto, “La patria es un don, la Nación una tarea” afirma que “la celebración del Bicentenario merece un clima social y espiritual distinto al que estamos viviendo”, que según los obispos sería “de confrontación permanente que profundiza nuestros males”. La pluma episcopal atribuye a presuntas deficiencias institucionales un alto costo social. En una excursión por terrenos que no son de su especialidad pregona que “la calidad institucional es el camino más seguro para lograr la inclusión” y como es usual agrega que “si toda la Nación sufre, más duramente sufren los pobres”. También opone “leyes que respondan a las necesidades reales de nuestro pueblo” a otras que atribuye a intereses ajenos a una imaginaria “naturaleza de la persona humana, de la familia y de la sociedad”. Es decir la reforma antidiscriminatoria del Código Civil en los artículos sobre el matrimonio.
El mismo día, en la Catedral de La Plata, su Arzobispo, Héctor Aguer, criticó que se prescinda “de la referencia fundante a las raíces” y a la tradición, “como si fuéramos seres sin herencia”. Esto explicaría el individualismo y una “inclinación atávica a la discordia”. Pero lo más grave sería la dramática “tergiversación de la historia, en la que se han filtrado imposturas manifiestas canonizadas como dogmas. Así ha ocurrido con sucesos clave del siglo XIX, y ocurre nuevamente con hechos más o menos recientes, observados con mirada tuerta, cuya interpretación sesgada mantiene abiertas heridas dolorosas, incentiva la división, perturba los ánimos y extravía el juicio de los jóvenes y de los desprevenidos”. Para Aguer “la memoria debe ser integral, la verdad completa; las medias verdades ofrecen mordiente al resentimiento, atizan los rencores, perpetúan el desencuentro. La aspiración ardiente a la justicia no debe servir de disfraz al odio y a la sed de venganza”. El “deber sagrado para quienes presiden la comunidad” sería “procurar la reconciliación”. Como Bergoglio, también Aguer habló del “recto ordenamiento jurídico de la sociedad” que los tres poderes del Estado deben tutelar y no deformarlo con “leyes inicuas que alteren la esencia natural del matrimonio, que minen la solidez de la familia y entreguen al estrago la vida de los niños por nacer”.
El arzobispo de MercedesLuján, Agustín Radrizzani, es una persona encantadora en comparación con sus colegas de Buenos Aires y La Plata. Carece de la ambición de poder y el ánimo belicoso de Bergoglio y de la manía por el control y la disciplina de Aguer. Su percepción de la realidad social se forjó en los años que pasó junto a Jaime de Nevares en Neuquén y luego como obispo del conurbano en Lomas de Zamora. Su preocupación por los más destituidos no es hipócrita ni oportunista. Tampoco está enfermo de hostilidad hacia el gobierno nacional. Por todas esas razones y porque Kirchner se resbaló del brazo del sillón en el que estaba sentado, CFK decidió pedirle que oficiara el Te Deum del Bicentenario. Radrizzani usó un tono más sutil que Bergoglio y Aguer, pero el contenido de su predicación no fue muy distinto. Dijo que le preocupaba un presunto “deterioro de nuestro acervo cultural” y reclamó que las leyes promuevan “la defensa de la vida, la familia y el bien común”. Luego de establecer que en ese día no diría más sobre “estos aspectos conflictivos” anunció que pensaría el futuro “desde nuestra identidad”, es decir el catolicismo, en cuatro dimensiones: memoria, identidad, reconciliación y desafíos. Memoria e identidad son dos conceptos emblemáticos de las luchas populares en las últimas décadas, asumidos por los organismos defensores de los Derechos Humanos y por la justicia. Radrizzani se apropió de ellos en una clave por completo distinta. La memoria sería la de la catolicidad del Estado, expresada en el Te Deum que acompañó a la Nación Argentina desde el 25 de mayo de 1810 (sin recordar la abierta oposición de los papas Pío VII y León XII a la Independencia americana y el consecuente alineamiento de los obispos de entonces con la potencia colonial). También exaltó un “plan de Dios”, que habría ayudado a superar conflictos, “a abrazar los ideales democráticos”, a recibir a millones de inmigrantes y a “cultivar el espíritu de tolerancia”, afirmaciones dogmáticas que los hechos de la historia desmienten. La misma operación aplicó a la identidad. Exaltó los valores cristianos que impregnaron la vida pública aun antes de la emancipación y dijo que unidos a la sabiduría de los pueblos originarios y a las sucesivas inmigraciones formaron “la compleja cultura que nos caracteriza”, dentro de la cual no incluyó a los otros cultos que también forman parte del país y que junto con agnósticos y ateos suman un cuarto de su población. En esa cultura prevalecen valores que tienen origen en Dios, como “el respeto a la dignidad del varón y la mujer”, que son los únicos “verdaderos sobre los cuales podemos avanzar hacia un nuevo proyecto de Nación”. Como ejemplo de esos valores mencionó a Belgrano, “de profundas convicciones cristianas” que en septiembre de 1810 mandó celebrar una misa en Luján pidiendo protección divina para sus campañas, y a San Martín, quien llevó en sus campañas un relicario de la Virgen de Luján. Esta visión exclusivista fue reforzada luego de la homilía cuando un obispo ortodoxo, una pastora evangélica, un rabino judío y un sheik musulmán fueron invitados a sumarse a la celebración, como representantes de los hombres de buena voluntad que llegaron para habitar este suelo, es decir extranjeros a la nacionalidad argentina, que es católica. Algunos de ellos lo eran, pero otros tienen más generaciones en esta tierra que el arzobispo lujanero. Una vez establecidos esos límites, Radrizzani predicó sobre la reconciliación luego de las “tremendas luchas fratricidas”, lo cual adquiere todo su sentido con la solicitud de amnistía de Videla y los suyos. El arzobispo no dejó de implorar una mayor transparencia, una justicia más efectiva, una mejor y más equitativa distribución de la riqueza y una mayor independencia de los poderes republicanos. El desafío consiste en “mejorar la calidad de nuestras instituciones”, sin “perder nuestra identidad”, enriquecernos integrando “la patria grande soñada por San Martín y por Bolívar”, y lograr una educación para todos que forme “buenos cristianos”. Esas “referencias comunes y constantes”, que están “más allá de partidismos e intereses personales” son las que permitirán “fortalecer el consenso”. Por último, hace falta la ayuda divina para “incluir a todos, promover la igualdad y el desarrollo social”, ya que “la mayor pobreza es la de no reconocer la presencia del Misterio de Dios y de su amor en la vida del hombre”. Es decir que la memoria debida es la de la catolicidad de la Argentina, la identidad de la patria es el catolicismo y su desafío es aplicar una receta católica para cada problema. Por ejemplo, el perdón a los represores.
La respuesta colectiva a la convocatoria oficial por el aniversario patrio fue imponente. El Estado se propuso agasajar al pueblo convirtiendo a Buenos Aires en un gran parque de diversiones, gratuito y de alta calidad. El pueblo acudió con alegría, pese al sex symbol que calificó de “deserotizante” al Bicentenario y al columnista que despreció el estruendo hiriente que sólo merece un sarcasmo sordo, mientras la gente circula con aire ajeno porque la fiesta no la interpela. Como en otras ocasiones de la historia, la presencia en la calle de un actor colectivo rompió todos los moldes y enardeció a las elites. Los canales de noticias recién comenzaron a transmitir los actos cuando ya había millones en las calles, pero ayer y hoy compitieron con programas especiales de repeticiones, en los que pasaron desde el desdén al éxtasis. La concepción de la fiesta que aportó CFK fue política, aunque no partidaria ni proselitista. Tanto la proyección sobre el Cabildo como el desfile alegórico de estructuras gigantescas en movimiento, con ecos del futurismo de Marinetti, llevaron una cuestión ideológica al debate de masas. Todos los medios reprodujeron la imagen de la presidente cuando bailaba en el palco al ritmo de la murga que escenificó el regreso a la democracia. A pocas filas de CFK, los cuatro uniformados jefes de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas marcaban el ritmo con manos y pies mientras la murga repetía la consigna “Militares nunca más”.
Los ecos del Bicentenario todavía hacen ondas sobre la laguna de la política, pero es difícil entrever bajo el agua. Si la experiencia de estos días sólo sirve para contraponer a los políticos con las masas –todo lo malo de un lado, y lo bueno del otro–, se repite ese discurso autoprofético que tiende a separar las masas de la política. Y tiene bastante de falso, porque en general los políticos provienen y expresan esa complejidad tan diversa. No somos una sociedad tan ejemplar como la que se quiere exaltar tras las fiestas mayas. Es evidente que la cultura política todavía es pobre y así lo reflejan las estructuras de la política argentina. Pero también es cierto que así como hay momentos muy a la baja, hay otros bastante redondos como los que se protagonizaron esta semana.
No fue solamente mérito de la sociedad en general y en abstracto. Hay un mérito importante también en la convocatoria que estimuló y encarriló esa participación. Es cierto que no está directamente relacionado con el voto ni con el pensamiento político partidario de cada uno de los posibles seis millones de personas que pasaron por el Paseo del Bicentenario en la Avenida 9 de Julio. Justamente ése fue un mérito de la convocatoria, por su pluralismo, por su propuesta contenedora. Y el equipo de funcionarios que tuvo a su cargo la organización de todo lo que pasó esos días (Jorge Coscia, Tristán Bauer, Oscar Parrilli y Javier Grossman) bajo la mirada omnipresente de la presidenta Cristina Fernández, en pocos meses debió evitar los ritmos elefantiásicos y los nosepuede de la burocracia.
Las lecturas de lo que sucedió estos días se irán sumando y hasta contradiciendo, hasta convertirlos en leyenda, como sucede con los hechos sobresalientes de la historia. Pero ahora sus consecuencias todavía están calientes y la distancia corta es buena para sacar algunas conclusiones aunque sea mala para otras que son difíciles de ver con el escenario pegado a la nariz.
Se puede elegir, por ejemplo, la reacción extendida del público frente a algunas de las escenas que se plantearon en el desfile final a lo largo de todo su recorrido. Por ejemplo, en cada parada, cuando marchaban los Granaderos en el cruce de los Andes, todo el mundo cantó a todo pulmón la Marcha de San Lorenzo. Cuando pasaron los soldaditos de Malvinas y se escuchaban los bombardeos y los muchachos caían y se levantaban las cruces, primero había exclamaciones de asombro e inmediatamente se ponían a cantar “El que no salta es un inglés”. Y cuando llegaba la carroza impresionante con las Madres de Plaza de Mayo caminando bajo la lluvia con sus pañuelos luminosos, primero había un silencio imponente y después estallaban los aplausos.
El momento del desfile final fue cuando más personas se reunieron a lo largo de todo el paseo del Bicentenario, más Diagonal Norte y Plaza de Mayo. Dicen que había más de dos millones de personas. Cualquiera diría que es una muestra más que suficiente de ese mosaico multicolor que es la sociedad o el pueblo. Y en esa diversidad, por lo menos esas tres reacciones se repetían asombrosamente. Hasta el cantito con los ingleses. Fue bastante extraño como fenómeno ver cómo esas escenas producían efectos tan similares. Fue así y no había modo de que fuera preparado.
Que la gente aplaudiera a los granaderos y cantara la Marcha de San Lorenzo, y al mismo tiempo aplaudiera con tanto respeto la alegoría a las Madres, demuestra que diferencia con claridad una cosa de la otra. Que el juicio a los represores es a los asesinos y no a la institución. En todo caso rechaza la forma golpista en que fue instrumentada la institución, pero puede diferenciar una cosa de la otra.
Lo de los soldaditos de Malvinas demostró también que es un tema que debe ser visibilizado por los gobiernos. Malvinas fue una derrota llena de engaños, se usó el discurso patriótico para una guerra irresponsable y todo eso lo convirtió en un tema incómodo, antipático y muy doloroso y la misma sociedad reaccionó con negación, no solamente los dictadores y los gobiernos democráticos posteriores. El patrioterismo de los dictadores, de una patria en abstracto, es enemigo del verdadero patriotismo. Hubiera sido casi imposible que un festejo como el de estos días se hubiera podido hacer en los años ’80, con el recuerdo fresco de ese engaño sangriento. Hablar de patria resonaba a Galtieri. Hablar de Malvinas resonaba a engaño. Después de tantos años, el recuerdo de esos soldaditos muertos en Malvinas tenía que estar entre los momentos sobresalientes de la historia. La reacción popular demostró que fue un acierto. Una forma de separar el patrioterismo chauvinista para recuperar una patria con sentido, para revalorar la palabra patria en contraste con aquellas invocaciones huecas de dictadores y fascistas.
Entre la propuesta del Gobierno y la participación popular, el 25 hubo una expresión de patriotismo como identidad, como hogar, como pertenencia, como tierra, como cultura y comunidad plural. Lo patriótico como sentimiento de inclusión que, a diferencia de fascistas y dictadores, reconoce a pueblos originarios y a pueblos inmigrantes y no los excluye, hostiga ni desprecia. Es el patriotismo que contiene y acepta las minorías en todos los sentidos. El patriotismo que reivindica a los luchadores de las mayorías oprimidas y a las ideas que aportaron justicia, libertad y democracia a lo largo de la historia. El patriotismo que rechaza a usurpadores, dictadores y aprovechados. El patriotismo del Martí de “Nuestra América” o del San Martín del bando del Ejército de los Andes.
La dictadura y los generales golpistas se habían apropiado de un discurso supuestamente patriótico que en todos lados es de los pueblos y no de los dictadores. Aquí la dictadura lo vació, lo dejó sin contenido, lo usó para matar, para torturar, secuestrar y desaparecer a una generación de argentinos, para preparar una guerra con Chile, para lanzarse con motivos mezquinos a otra guerra y para entregar la soberanía y las riquezas del país. Usó un discurso patriótico para hacer todo lo contrario, lo más antipatriótico. Y creó desconfianza en esas palabras. O por lo menos confusión, como le sucedió a esa maestra de La Pampa que eligió al dictador Galtieri como una de las figuras destacadas de la celebración de Mayo.
La popularidad de los stands de las Madres y las Abuelas en el Paseo del Bicentenario, por donde pasaron decenas de miles de personas para expresar solidaridad, respeto, dolor o curiosidad, pero en ningún momento enojo o rechazo, demostró que ese sentimiento patriótico del 25 estaba desintoxicado, que había filtrado el bastardeo grotesco de ese discurso por la dictadura. Pero tenían que estar las Madres y las Abuelas para verificar esa reconversión, para alejar fantasmas. Y la misma constatación se vivenciaba en la celebración de los pueblos originarios y de los inmigrantes o en el festejo de la democracia en el desfile final. Eso es lo que no entendió la maestra de La Pampa.
Se había instalado también la idea de que las manifestaciones populares en espacios abiertos se convertían en batallas campales. Convocar a una muchedumbre en un paseo público fue una apuesta arriesgada, porque los medios describían un clima de rechazo masivo y violento al gobierno nacional. Si se creyera en esa ficción instalada y naturalizada en forma mediática, el peligro de peleas y confrontaciones violentas hubiera sido muy grande. En la convocatoria hubo confianza en el sentido de responsabilidad ciudadana a contrapelo de esa verdad mediática que sugería lo cerrado, lo elitista o lo mediático. Esa decisión fue rápidamente contrastada con la forma que eligió el macrismo para sus festejos en el Teatro Colón, en una especie de copia de la televisión chatarra que tiene altísimo rating.
Se ha interpretado también esa participación popular como una convocatoria a la unidad nacional. Podría ser, en los hechos esa multitud diversa convivió en paz, inte-ractuó, la mayoría seguirá pensando como siempre, otros no. Esa actitud estaba, no fue algo que cambiara en forma consciente. Lo que quedó demostrado, en todo caso, es que el clima crispado de los grandes medios y la truculencia de algunos discursos políticos son forzados, no tienen una base social considerable, o por lo menos, si la tuvieron, la perdieron o no estuvo en el Paseo del Bicentenario.
Era previsible, aunque aun así parecía descabellado: a la magnífica fiesta del Bicentenario iba a seguirle el revival de una de las falsas opciones no saldadas de la argentinidad. Era previsible quizá precisamente por lo descabellado, porque la reacción es así, siempre fue así, salvaje, demente en su capricho de etiquetarse superior a los otros. Pero aun así, no deja de azorar el incipiente replanteo del binomio civilización o barbarie. Esa es la estructura, el mito que late bajo las impresiones de algunos analistas de derecha. Es que es un mito fundante de la derecha argentina. La opción entre civilización y barbarie tiene un solo emisor, puesta en términos de la comunicación, y es después de todo una vigorosa comunicación histórica. Quien emite, en su origen y luego a lo largo de 200 años, da por cierto, al hacerlo y por el solo hecho de afirmar (se trata de una afirmación) que hay algo arriba, antológicamente, y algo abajo. La frase admite una superioridad.
Las palabras pueden ser reemplazadas, pero el enfoque es el mismo. La cultura o la ignorancia, lo blanco o lo negro, lo europeo o lo latinoamericano, los seres pensantes y la masa, el Colón o la 9 de Julio, lo exquisito y lo popular. Sólo algunas veces en la historia el sentido común argentino fue perforado por la inversión de los términos.
Pero esta vez, si uno enfoca sin mucho esfuerzo la escena, ve que en lo exquisito se coló Ricardo Fort, que no tiene pruritos con las bellas artes, ya que le dice al movilero que su familia ha tenido toda la vida un palco en el Colón. La nota con Fort se interrumpe porque llega Cobos. Todos llegan con sus galas, que son parte constitutiva del artificio de “lo exquisito”. Aquí las formas lo son todo. Las señoras han sacado a relucir las pieles que ya con esto de la ecología se usan poco. Incluso han podido sacar de las cajas de seguridad las joyas, en un gesto patriótico que ha dejado en suspenso el miedo de vivir en este país, la inseguridad reinante en este país. Travestido en un teatro dador de Oscar más que de obras de arte, el Colón tiene alfombra roja para que allí las estrellas den las notas.
Es que el Colón hace rato que no es lo que era, y hace rato también que muchas cosas ya no son lo que eran, lo que alguna vez fueron o pretendieron ser. Probablemente, si el macrismo hubiera tenido a su cargo el escenario de la 9 de Julio, las frases de Moreno, San Martín, el Che, Jauretche o Perón que pasaban en esa cinta sinfín hubiesen sido reemplazadas por publicidad de barritas de cereal Fel-Fort.
“Lo exquisito”, ya entre comillas, fue usurpado por estrellas de televisión y ricos sueltos que en los ’90 les arrebataron sus bastiones a la clase beneficiaria del Primer Centenario. Los medios electrónicos y el neoliberalismo alteraron para siempre el paisaje de patricios con antepasados militares que guerrearon en la segunda mitad del siglo XIX. No queda nada de aquellas niñas miss Mary que pudieron ser las hermanas Ocampo, o de una díscola genial como Sara Gallardo, que pudo ver el pecado de su estirpe. No hay nada de austeridad aristocrática. Los medios y el neoliberalismo han hecho que mostrarse electrónicamente sea el gesto natural del famoso que llega a alguna parte. Y el famoso no habla de arte, claro. Habla de lo que se opuso, de quién la peinó, de su vestido, de lo feliz que se siente por participar de esa fiesta tan importante en ese lugar que es un orgullo argentino.
Y también pasa que el orgullo argentino se empieza a despertar en otra parte. Allí a lo lejos, donde el emisor oficial de la argentinidad ubica a la barbarie. Todo cambia cuando el bárbaro advierte que no es bárbaro, sino que así lo ha llamado su conquistador. Y en el fondo de todo, siempre está el lenguaje. Los bárbaros que rodeaban a los griegos, los que siglos después rodearon al imperio romano o los que mucho más tarde rodearon la Bastilla, hablaban mal. El origen de ese mito fundante de Occidente, porque hasta ahí se remonta esta trama, es sencillo: los primeros bárbaros no “hablaban mal” sino otro idioma. El mito se origina en la ignorancia de los griegos: no sabían en qué idioma hablaban esos otros.
En la Argentina también hablamos distinto idioma, con la fuerza que tiene esa expresión, los que vibramos y sentimos el goce de mezclarnos, de rozarnos, de abrazarnos, de llorar en el hombro de otro, de agitar banderas, de gritar hasta quedarnos doloridos, de sostenernos horas en nuestros pies, de sonreírnos con desconocidos, de aceptar un mate al paso, de vivir esa experiencia alucinógena de ser millones y estar felices.
La reacción se defiende viendo otra cosa. No puede ver más que la masa o la chusma. No tiene otra cosa en la cabeza, ni en el alma ni en la mirada. No hay, en ese emisor histórico que resurge cada tanto, ninguna posibilidad de multitudes felices. Es más. Ese emisor cumple la función de mantener sojuzgadas a las multitudes para que nunca dejen de sentirse bárbaras.
Los verdaderos cambios, lo que no son cosméticos, sino rasguños en la costra del statu quo, suponen una revolución simbólica. Porque siempre el sujeto del cambio es el bárbaro que se libera de la mirada del griego o del romano y empieza a nombrarse a sí mismo de otra manera.
Redacción
BBC Mundo
La caída se debe a las mejoras médicas como las campañas de vacunación.
La tasa de mortalidad infantil global cayó un 60% en los últimos 40 años, de acuerdo con un estudio publicado en la revista médica británica The Lancet.
Los autores del informe dicen que el dato es esperanzador, pero la cifra está aún lejos de alcanzar la prevista en los Objetivos del Milenio de Naciones Unidas.
El cuarto de estos objetivos busca una reducción de dos tercios en la mortalidad de los niños menores de cinco años entre 1990 y 2015.
Se prevé que este año mueran cerca de ocho millones de niños menores de cinco años, frente a los casi de doce millones que morían anualmente hace 20 años.
La caída se debe a las mejoras médicas como las campañas de vacunación, la prevención en la transmisión del VIH/SIDA de la madre al hijo o las mosquiteras contra la malaria.
El director del informe, Christopher Murray, dijo que mientras que los países desarrollados vieron cómo la cifra de mortalidad se estancaba, países como Niger y Liberia experimentaron un descenso sorprendentemente rápido.
Sin embargo, un niño nacido hoy en Chad, Mali o Nigeria tiene una probabilidad sesenta veces mayor de morir antes de su quinto cumpleaños que uno nacido en los países escandinavos.
Los autores aseguran que usaron técnicas estadísticas avanzadas para hacer su predicción, que es sustancialmente menor que la última estimación del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) que data del año 2008 y que asciende a 8,7 millones de muertes infantiles.
El director de UNICEF, Mickey Chopra, que no está vinculado al estudio, mostró su entusiasmo por los nuevos datos. "Estamos muy emocionados porque este informe refuerza nuestra creencia de que intervenciones masivas contra la malaria, las campañas de vacunación o la dispensación de pastillas de vitamina A están dando resultado", dijo Chopra, citado por Associated Press.
Algunas regiones de América Latina, el norte de África y el Medio Oriente experimentaron descensos del 6% al año.
A pesar del buen progreso en la región de América Latina y el Caribe, Bolivia, Haití, Dominica y Antigua y Barbuda tienen una tasa superior a las 40 muertes por cada mil nacimientos.
El informe, que se puede consultar en la página de Internet de The Lancet, fue financiado por la Fundación Bill y Melinda Gates.

BBC Ciencia
Un virus humano que se encuentra comúnmente en los tractos respiratorio y gastrointestinal parece ser una herramienta prometedora en la lucha contra el cáncer.
El tratamiento con una inyección de virus y radioterapia encogió los tumores cancerosos.
Científicos afirman que lograron reducir y evitar la progresión de tumores de pacientes tratados con un nuevo fármaco hecho a base de este tipo de virus, llamado reovirus.
El fármaco, llamado Reolysin, se inyecta directamente en los tumores y posteriormente los pacientes son tratados con radioterapia.
Según explican los científicos en la revistaClinical Cancer Research (Investigación Clínica de Cáncer), el medicamento logró aumentar los efectos de la radioterapia en todos los pacientes encogiendo los tumores o evitando que siguieran creciendo.
La investigación para el uso de estos virus contra el cáncer, llamados virus oncolíticos, se está llevando a cabo en seis países europeos con 27 investigadores.
Pero ahora, como informan los científicos del Instituto de Investigación de Cáncer en Londres, por primera vez se logró obtener resultados beneficiosos aún en pacientes con tumores que habían sido clasificados como "intratables".
Los reovirus son virus comunes a los que la mayoría de la gente está expuesta y que no parecen causar enfermedad grave en humanos.
La ausencia de efectos secundarios significativos en este estudio es extremadamente tranquilizador para los futuros ensayos con pacientes que reciban radioterapia con el objetivo de curar su cáncer
Dr. Kevin Harrington
Estudios pasados con animales demostraron que los reovirus pueden matar a células cancerosas humanas sin tener efectos en las células sanas.
Los científicos creen que estos patógenos podrían ser un arma prometedora en la lucha contra el cáncer porque a diferencia de los tratamientos convencionales como la quimioterapia, éstos no parecen tener efectos en el tejido sano del paciente.
En su utilización para combatir el cáncer, los virus son modificados genéticamente para que sólo puedan replicarse en las células cancerosas y no en las células normales.
Así, cuando se inyectan en un tumor se dividen y eliminan a las células cancerosas; luego se propagan infectando a otras células cancerosas hasta que el tumor se reduce o no puede continuar replicándose.
En la nueva investigación participaron 23 pacientes de los hospitales Royal Mardsen en Londres y el St. James en Leeds, Inglaterra.
Todos los pacientes -con tumores de pulmón, de colon y recto, ovario y piel- habían sido tratados con quimioterapia, pero la enfermedad había seguido progresando.
Los participantes recibieron entre una y seis inyecciones de Reolysin en dosis crecientes junto con dosis altas o bajas de radioterapia.
El virus modificado se inyecta directamente en el tumor.
Aunque el estudio tenía por objetivo principal medir la seguridad del tratamiento, los científicos pudieron también medir la respuesta de los tumores en 14 pacientes.
Además de que el Reolysin no mostró efectos secundarios graves -hubo efectos leves o típicos de la radioterapia- los científicos descubrieron que en los 14 pacientes los tumores se habían encogido o no habían continuado creciendo.
"La ausencia de efectos secundarios significativos en este estudio es extremadamente tranquilizador para los futuros ensayos con pacientes que reciban radioterapia con el objetivo de curar su cáncer", señaló el doctor Kevin Harrington, quien dirigió el estudio en Londres.
Según el investigador, al final del tratamiento el virus continuó presente en el cuerpo de los pacientes lo que significa que éstos podrían recibir el fármaco sin ser internados ya que no se encontraron riesgos de que el virus pueda transmitirse a otras personas.
Como todos los pacientes que participaron en el estudio estaban en etapas avanzadas de la enfermedad y habían dejado de responder a los tratamientos convencionales, los científicos planean ahora investigar si la combinación de Reolysin y radioterapia es efectiva también en pacientes con tumores recién diagnosticados.
Por lo general este tipo de tumores se tratan sólo con radioterapia así que los científicos esperan que la combinación con la inyección mejore las tasas de curación.
BBC Ciencia
Los ratones pueden detectar una sustancia en la saliva de los gatos que los hace huir.
Los gatos, las ratas y otros depredadores producen una sustancia química en la saliva con la cual aterrorizan a los ratones, afirma un nuevo estudio.
Los investigadores del Instituto Scripps de Investigación, en La Jolla, California, Estados Unidos, descubrieron que cuando los ratones detectan este compuesto -que también se encuentra en la orina de las ratas- reaccionan con miedo.
Este compuesto, llamado proteína urinaria mayor o Mup (en sus siglas en inglés) actúa en las células de un órgano sensorial especial en los ratones, llamado órgano de Jacobson o vomeronasal.
Tal como explican los científicos en la revista Cell, las Mup provocan una reacción de terror en el ratón.
Y esto demuestra que los ratones, y quizás también otros mamíferos, han evolucionado con receptores que son capaces de detectar señales químicas de otras especies.
El órgano vomeronasal contiene neuronas que detectan las señales químicas y está conectado a zonas del cerebro involucradas con la memoria, las emociones y la liberación de hormonas.
Ya se sabe que en muchos mamíferos el órgano puede detectar feromonas, los mensajeros químicos que comunican información entre individuos de la misma especie.
Estas feromonas pueden tener un efecto directo en la conducta de los animales.
Pero en el nuevo estudio los científicos descubrieron que en los ratones las neuronas del órgano vomeronasal también se ven estimuladas con las señales químicas que emiten sus depredadores.
Los ratones tienen un órgano especial que detecta señales químicas.
En los ratones estas proteínas provocan que el animal exhiba señales de miedo como quedarse "congelado" o mantenerse agachado junto al suelo mientras cuidadosamente olfatea e investiga los alrededores.
Tal como explica la profesora Lisa Stowers, quien dirigió el estudio, el hallazgo "tiene sentido, porque una vez que los animales lograron evolucionar un receptor para un tipo de proteína Mup, los genes subyacentes pueden permitirles evolucionar nuevos receptores capaces de detectar las proteínas que producen otros tipos de animales".
Y evolucionar con un receptor capaz de detectar las señales de sus depredadores les ayuda a evitar ser devorados.
Pero lo que sorprendió a la profesora Stowers fueron los resultados de los experimentos en los cuales anularon los órganos vomeronasales de ratones y después los pusieron a interactuar con una rata anestesiada pero viva.
Al no poder detectar las proteínas Mup, los ratones, que no tenían experiencia previa de interactuar con ratas, no mostraron ninguna evidencia de miedo. Esto a pesar de que los animales podían ver a la rata frente a ellos.
"Uno de los ratones del experimento -dice la investigadora- se acurrucó y se quedó dormido junto a la rata".
"Así que aún cuando estos ratones podían tocar a la rata y verla respirando, como no tenían el órgano vomeronasal no respondieron con miedo", agrega.