jueves, 9 de julio de 2009

La buena conciencia

Grumbrecht, define genialmente “el complejo de buena conciencia” del occidente, especialmente de Alemania, España, Francia, Italia y Portugal y yo, agrego humildemente al cristianismo católico romano, “después de lo que han hecho a lo largo de los siglos es inaceptable que pretendan ser ejecutores morales, aunque debamos aceptar la caterva de “enseñanzas” sobre los valores, el respeto a la vida, el amor y la compasión, sin olvidar las cuestiones sociales.
A los ojos del buen Dios y parafraseando al personaje Jacob von Guntem de la novela de Walsen, Los rebeldes, el mundo le dice a esa ideología religiosa en un grito desesperado: “en realidad, nunca he sido niño y, precisamente por eso, tengo absoluta seguridad de que siempre habrá en mí algo que recuerda a la infancia. Únicamente he crecido, he envejecido, pero la esencia no ha cambiado.”
Verdaderamente, el mundo es un niño y mucha de la inocencia que puede perder se lo debe al cristianismo católico romano, los actuales profetas y ejecutores de la buena conciencia, como en el reciente caso de Honduras y el golpe cívico-militar-eclesiástico, tan bien expresado – para que no quede dudas – por el Cardenal Primado con sede en la capital Tegucigalpa. Este cardenal no ha podido aún descifrar el secreto mismo del “niño mundo” porque abandonó la tarea – para seguir al dogma – de vislumbrar el milagro del asombro, del descubrimiento que puede hacer los ojos de un niño allí donde el “adulto mundo” no percibe nada; esa seña discreta y secreta que hace a la diferencia para que aún se escriban poesías y se canten canciones. Enorme responsabilidad la nuestra, de rechazar proponiendo la compasión y el amor “esta trama de proclama y ejecución de la “buena conciencia”