El egoísmo está tan enquistado que ya no lo percibimos en la superficie. La celebridad de cierto seudos eruditos es un imprevisto que alcanza al agraciado e incluso pasa a su lado sin que él tome nota. Todos somos devorados por el egoísmo aunque el rostro del mal pretenda desconectarnos y aunque sabemos que no podemos huir de nuestro tiempo. No es un anacronismo pensar que el occidente religioso agota su respuesta a un simple enunciado de la fe a partir de los descubrimientos que cada día se denuncian y que rememora al famoso neti, neti (esto no es, eso no es) de la filosofía de los Upanishad. ¿Cómo mantener la mirada fija en ella si cada día debe reelaborarse un dogma para que la noche no sea tan oscura y la fe no naufrague en el terror de la finitud?