De Chile recibo amor, sonrisas y palabras suaves; confieso que una parte importante de mí, siente un cierto sentimiento chileno. Es que Chile enamora y ese amor es sin retorno.
Por descuido de mi dulce amiga Manana, mis manos se apropiaron de un libro maravilloso que hace las delicias de estas duras horas de frío en Buenos Aires, son las Memorias de Matilde Urritia, la esposa adorada de Pablo Neruda: Mi vida junto a Pablo Neruda; hoy me fijé en la fecha y data del año 1987. Dios! pasó toda una vida y desconocía este libro.
Pero este libro no pertenece a Manana sino a Ida, la cariñosa artista plástica esposa del gran pintor Carreño, amiga de Matilde y de Pablo Neruda. En mi ultima visita a chile ella generosamente me lo prestó.
Estoy feliz de leerlo, recuerdo la generosa chile que siempre me acoge con amistad, los amigos; las miradas alegres y dulce de Vainavi o la amistad sincera y sin condiciones de Sanjula; el amoroso corazón de Vinito, las canciones de la Sevillanita o las tormentosas pasiones de Estrellita, podría pasar toda la noche enumerando a mis amigos, dandoles nombres reales o imaginarios; dibujando soles para ellos, porque son destinatarios de todo mi reconocimiento.
¿Y Paloma o Radha, Adishakti o Luis, Francisco el generoso siquiatra o el psicocólogo? ¿Dónde está mi amigo Filippus? Tantos nombres para decir amistad, generosa palabra que es refugio para todas las vidas, la vida.
En este inicio del 2 de agosto, hay dentro de mi alma un deseo de celebrar la amistad y pienso en ellos y en la Faraona y en el esposo con sonrisa abierta y fresca; pienso en los amigos de Punta Arenas o de La Serena; pienso en la imponente cordillera detrás de las ventanas de la casa de Sanju que tanto me gusta mirar, o el recuerdo del mar, en Isla Negra, cuando celebramos allí un maravilloso cumpleaños.
Celebramos a Neruda y a Chile, al mar y a la piedra; la bella espuma blanca de las olas marinas que forman colores encantados cuando rompen en la playa. A ese mar chileno cantó Neruda y nosotros casi insolentemente, recuerdo que cantamos también a nuestro modo subidos a la piedra que besa eternamente al mar.