Los dedos lacerados del tiempo
Sonrisa sin luz, húmeda de tinieblas
Inseparable dolor
Neutralidad cegadora
No hay nada por descubrir
A menos que te recojas en silencio.
Sonrisa sin luz, húmeda de tinieblas
Inseparable dolor
Neutralidad cegadora
No hay nada por descubrir
A menos que te recojas en silencio.
Hoy amaneció el día gris y frío, cargado de emociones; mi esposa llora silenciosamente; hace dos años el 8 de agosto, su madre fallecía.
No sé bien si existe un consuelo para la muerte de una madre o la desaparición de un hijo; no sé bien que sucede en el alma, porque mi madre falleció cuando tenía algo menos de 6 años, pero puedo ver a mi esposa llorar y me conmueve.
En este mundo somos lo que podemos, lo que sabemos hacer con la vida, con nuestra vida. Finalmente nadie es culpable y nadie es inocente. Simplemente se vive.
Mi suegra según sé, vivió algunas alegrías y muchos dolores, el largo exilio desde una Europa en llamas, tal vez dejó en sus ojos esa percepción del mundo un tanto cruel y despiadado. Pero también trajo al mundo a mi esposa que es un encanto a su memoria.
Es extraño esto de vivir, a medida que pasan los años reveo la imagen de mi suegra, valoro gestos casi imperceptibles y puedo comprender que en medio de la angustia y del grito silencioso, trató de vivir, y eso, ya es bastante para que reciba mi homenaje y encienda una lámpara votiva en su memoria.